Deathbots, los fantasmas del código

En días pasados me topé con una miniserie llamada Futuro Desierto, la cual me hizo recordar el documental de 2024 Meeting You, en el que una madre se encuentra con su hija de siete años fallecida a través de la realidad virtual. Y es que, en la actualidad, el mercado de la inmortalidad digital ya no pertenece a las distopías de la ciencia ficción; hoy es un modelo de negocio con cargos recurrentes a la tarjeta de crédito.
Hoy en esta columna decidimos tocar un tema que resulta tabú y lúgubre, pero del cual no podemos desapegarnos de la realidad: existen y son usados. No nos adentraremos a nombrar aplicaciones, pero sí a analizar el tema y el profundo conflicto psicológico que pueden representar.

En pleno 2026, diversas plataformas de inteligencia artificial permiten alimentar a un algoritmo con el historial de chats de WhatsApp, correos electrónicos y notas de voz de una persona fallecida. El resultado es un deathbot: un clon virtual que simula seguir vivo detrás de la pantalla, respondiendo en tiempo real con los mismos giros lingüísticos, muletillas y chistes locales del ausente.
A simple vista, la promesa de estas herramientas es puramente compasiva: aliviar el vacío inmediato de la pérdida. Sin embargo, detrás del consuelo automatizado se esconde el síntoma de una sociedad profundamente incapaz de gestionar el dolor y el silencio. El duelo, ese proceso biológico, psicológico e histórico que exige transitar por la crudeza de la ausencia para reconfigurar la propia identidad, está siendo saboteado por el capitalismo tecnológico. Al sustituir la aceptación de la muerte por un flujo eterno de respuestas generadas por computadora, la tecnología no cura el vacío; simplemente lo congela. El doliente queda atrapado en una especie de limbo digital, un bucle perpetuo de negación inducida donde el fantasma de código escribe cada mañana un «hola, ¿cómo estás?», impidiendo de tajo el cierre del ciclo vital.
Este fenómeno también abre un alarmante debate ético y legal sin precedentes: el derecho a la privacidad de los muertos. ¿Quién otorga el consentimiento para que los fragmentos más íntimos de la vida de alguien —sus secretos, sus vulnerabilidades escritas, su tono de voz— sean diseccionados, almacenados y comercializados por una empresa privada? Al morir, el historial digital del individuo queda desprotegido, y las leyes actuales no alcanzan a cubrir el limbo del legado virtual. El respeto a la dignidad y la intimidad de quien ya no está cede con alarmante facilidad ante la desesperación o el morbo de los vivos, convirtiendo la memoria afectiva en un producto de suscripción mensual con términos y condiciones que nadie lee.
La comercialización del luto nos obliga a mirar el espejo más incómodo de nuestra era. Las corporaciones tecnológicas han descubierto que el dolor humano es el mercado más fiel y lucrativo del mundo; un corazón roto está dispuesto a pagar lo que sea por cinco minutos más de una ilusión analgésica. Pero la simulación tiene un costo psicológico elevado. Al interactuar con una máquina que imita a un ser querido, el cerebro se enfrenta a una disonancia cognitiva brutal: sabe que el cuerpo ya no existe, pero el estímulo digital dice lo contrario. Esto no es memoria, es una necrofilia algorítmica que nos despoja de la madurez emocional necesaria para enfrentar nuestra propia finitud.
Esta tendencia nos urge a replantear los límites de la técnica frente a la condición humana. Preferir el eco artificial de un servidor antes que procesar la realidad de la muerte revela que el verdadero peligro actual no es que las máquinas piensen, sino que los humanos dejemos de sentir con autenticidad. Quizá, en la desesperada búsqueda por retener lo efímero, estemos olvidando que el olvido y el recuerdo tienen sus propios tiempos orgánicos, y que existen ausencias que merecen la absoluta dignidad del silencio.
En realidad, ¿estamos preparados para entender que el uso de estas apps debe ser sólo un mero tributo a los que ya no están? Si una persona en duelo se vuelve dependiente de estas tecnologías, ¿cómo se le brindará el apoyo necesario? Estas interacciones, por su naturaleza de alto riesgo emocional, deberían ser estrictamente supervisadas por un terapeuta de duelo.
Hay hilos que se deben soltar para poder seguir caminando en un mundo real que insiste en escribir historias con pantallas vacías, intentando revivir el pasado Sin Tinta Ni Carbón.
Nos vemos en la próxima entrega.
FB: Manny Warrior