Enfermedades femeninas siguen costando vidas porque las mujeres llegan tarde al diagnóstico

Ciudad de México, diciembre de 2025.- En México, miles de mujeres conviven durante meses —e incluso años— con síntomas ginecológicos que minimizan, normalizan o posponen bajo una frase recurrente: “después lo veo”. Dolor pélvico persistente, irregularidades menstruales, sangrados atípicos o bultos sospechosos suelen interpretarse como molestias pasajeras, cuando en realidad pueden ser señales tempranas de enfermedades como el cáncer cervicouterino, el cáncer de mama o infecciones asociadas al virus del papiloma humano (VPH). Especialistas advierten que esta postergación no es un tema individual, sino un patrón cultural profundamente arraigado que sigue teniendo consecuencias fatales en la salud femenina.
Datos del sistema de salud muestran que una parte significativa de los diagnósticos de enfermedades ginecológicas en el país ocurre en etapas avanzadas, cuando las opciones de tratamiento son más complejas y los pronósticos menos favorables. La mortalidad tratable en México continúa por encima del promedio de países de la OCDE, y los padecimientos vinculados a la salud reproductiva y ginecológica siguen ocupando un lugar relevante en estas estadísticas. El problema, coinciden expertos, no es la falta de tecnología médica, sino el tiempo que transcurre entre el primer síntoma y la decisión de buscar atención especializada.
“La espera es el factor que más pesa en el desenlace de muchas enfermedades femeninas”, explica la doctora Ana Sofía Rodríguez, jefa de Ginecología en Grupo Reina Madre. “Una lesión detectada de forma temprana, como una asociada al VPH, suele tener un pronóstico altamente favorable. Cuando esa misma señal se ignora o se posterga por meses o años, el escenario puede cambiar radicalmente. El riesgo real no está en el diagnóstico, sino en normalizar los síntomas y retrasar la atención”.
El fenómeno responde a múltiples barreras que se refuerzan entre sí: el miedo a recibir un mal diagnóstico, la percepción de que la atención médica especializada es inaccesible y la experiencia previa de largos tiempos de espera dentro del sistema de salud. A ello se suma una carga cultural que históricamente ha llevado a las mujeres a priorizar otras responsabilidades —familiares, laborales o económicas— por encima de su propio bienestar físico.
Desde la práctica médica, se observa que esta postergación no solo impacta en la supervivencia, sino también en la calidad de vida. Los tratamientos en etapas tempranas suelen ser menos invasivos, más efectivos y con menores secuelas físicas y emocionales. En contraste, los diagnósticos tardíos implican procesos más largos, mayores costos y un impacto profundo en el entorno personal, familiar y productivo de las pacientes.
El cierre de año suele abrir una ventana particular para reflexionar sobre estas decisiones. Con una menor carga laboral para algunos sectores y una mayor conciencia sobre pendientes personales, especialistas consideran que este periodo también expone una realidad persistente: la salud femenina continúa relegándose incluso cuando el cuerpo envía señales claras de alerta.
“El desafío es romper con la idea de que ciertos dolores o cambios ‘son normales’ por el simple hecho de ser mujer”, concluye la doctora Rodríguez. “Escuchar al cuerpo y actuar a tiempo sigue siendo una de las herramientas más poderosas para reducir la mortalidad por enfermedades prevenibles y tratables. Mientras la postergación siga normalizándose, los diagnósticos seguirán llegando tarde”.