La cultura como herramienta de liberación y conciencia de clase

Zacapoaxtla, Puebla. En una jornada llena de música, fraternidad y la unidad popular, el auditorio cultural del Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario (CBTA) No. 168 vibró al ritmo del III Concurso Seccional de Voces. El encuentro, convocado y coordinado por el Movimiento Antorchista del Seccional Teziutlán bajo el lema “Rescatando la música popular mexicana”, congregó a niños, jóvenes y familias de diversas comunidades rurales, contando con la presencia del liderazgo seccional y de la dirigencia del trabajo cultural estatal.

Al inaugurar el certamen, la comisión cultural subrayó el significado que Antorcha le da a estas expresiones artísticas. Lejos de concebir la cultura como mero entretenimiento o espectáculo superficial, la organización entiende el cultivo de las bellas artes como un medio para enaltecer el talento de las clases trabajadoras y recuperar al pueblo la sensibilidad que el sistema le ha arrebatado. El objetivo fundamental trasciende la presentación en el escenario: se busca formar ciudadanos críticos, conscientes y comprometidos con la transformación estructural de su entorno.

Frente a un modelo socioeconómico que margina, silencia y comercializa las expresiones populares, el proyecto antorchista rescata, dignifica y difunde el arte del pueblo. Porque una comunidad culta es una comunidad consciente, libre e invencible. Por eso la lucha social además de abarcar las demandas de vivienda, servicios públicos e infraestructura urbana; también exige auditorios dignos y teatros donde los hijos de obreros y campesinos puedan cantar, bailar y formarse como artistas de alto nivel. Porque la burguesía ha pretendido históricamente reservar la belleza y el arte para las élites; la organización popular, en cambio, rompe ese monopolio para que los trabajadores no solo laboren, sino que piensen, sientan y alcancen una vida plena.

Esta labor cobra un sentido profundo al analizar la historia del arte. Durante siglos, las clases dominantes acapararon la creación y el disfrute de la música, catalogando las expresiones del pueblo como incultas o carentes de valor estético. Sin embargo, fue precisamente en la resistencia cultural donde las clases subyugadas forjaron su identidad. Toda manifestación artística surge de una realidad material concreta y posee un origen de clase determinado, por lo que es crucial reconocer este principio para comprender que la riqueza cultural no pertenece únicamente a quienes han contado con el privilegio de estudiarla, sino que el pueblo mismo posee la capacidad creadora para cultivar un arte elevado y ponerlo al servicio de sus hermanos de clase.

El arte emanado del pueblo tiene el propósito de alimentar sus aspiraciones, desarrollar su potencial creador y elevar su conciencia social hasta convertirlo en un elemento activo en la lucha contra la desigualdad. Por lo que, rescatar la música popular mexicana implica también defender las raíces históricas y el amor a la patria. En una época caracterizada por la expansión de las potencias imperialistas que ambicionan los recursos naturales y la fuerza de trabajo de las naciones en desarrollo, la identidad nacional y la conciencia de clase se convierten en la primera línea de defensa de la soberanía.

A las potencias dominantes les estorba un pueblo consciente de su historia y orgulloso de sus raíces. Por ello, emplean mecanismos de penetración ideológica orientados a imponer patrones de consumo manipuladores, música que no busca educar, el individualismo atroz y la falsa idea de que la realidad es inmodificable. Las agresiones, bloqueos y presiones que sufren naciones soberanas son muestra de esa pretensión de sometimiento global. Frente a este panorama, la experiencia de Zacapoaxtla demuestra que el arte popular es una trinchera de resistencia: a través de las expresiones musicales y la organización, los mexicanos construyen la unidad necesaria para edificar un país más justo, donde la riqueza y la cultura pertenezcan verdaderamente a quienes las crean con su trabajo.

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